Capítulo 1
La guardiana del deseo
La casa de columnas imponentes, ubicada en una de las esquinas más reservadas de “Las Lomas”, parecía respirar secretos. Su fachada de piedra antigua, cubierta por jazmines trepadores, guardaba una historia que nadie se atrevía a contar en voz alta. Nadie conocía realmente a Madame Leblanc, solo se sabía que había llegado una década atrás con un acento francés que no disimulaba, y una presencia que se imponía sin necesidad de levantar la voz.
Los rumores en el vecindario eran inevitables. ¿Quién era ella? ¿Qué había detrás del misterio que la envolvía? Algunos comentaban que había sido una bailarina famosa en París que, tras su retiro, había decidido pasar sus últimos días exiliada de su país; otros, murmuraban que estaba huyendo de alguien, pero nadie tenía con qué respaldar lo que decían.
En algunas reuniones sociales, adonde acudía la élite más adinerada de la Ciudad de México, su nombre se murmuraba entre copas de vino, y cuando alguien se atrevía a mencionarla en voz alta, los hombres siempre decían… “No la conozco”, “¿Quién es ella?”, como si en verdad ignoraran lo que su nombre representaba, cuando deseaban más que nada formar parte de ese círculo selecto que tenía acceso a La Maison.
Las mujeres que la veían pasar por la calle, no podían evitar mirarla con la boca entreabierta, mudas ante su presencia. A sus sesenta y cinco años, Madame Leblanc era el tipo de mujer que hacía girar las miradas sin necesidad de buscar protagonismo. Caminaba con pasos medidos; pasos lentos y firmes que parecían ensayados. Su andar era silencioso, pero dejaba una estela de elegancia difícil de imitar, y esa misma armonía se reflejaba en cada detalle de su persona. Todo en su lugar: el moño bien peinado, con destellos plateados que capturaban la luz. Los guantes de cuero, el abrigo ajustado a la cintura. Los ojos de un azul profundo que miraban con una mezcla de cálculo y melancolía, tal vez recordando un secreto que prefería olvidar. Y cuando movía las manos, cuando giraba ligeramente el cuello o alzaba una ceja, lo hacía con una suavidad que parecía estudiada, pero que era parte de su esencia. Era una mujer inolvidable, de pómulos altos y de piel, ligeramente marcada por los años, pero ese detalle no hacía más que acentuar su belleza serena, esa que no exige aprobación, pero que la obtiene sin esfuerzo.
Cada detalle de su vestuario lo elegía con paciencia. Madame Leblanc no necesitaba seguir la moda, vestía lo que le gustaba. Los trajes sastres que llevaba se ajustaban a su figura, revelando una silueta que, lejos de buscar atención, imponía respeto. Las telas, siempre de lana fina o seda natural, se deslizaban sobre su cuerpo con la misma gracia con la que ella recorría los pasillos de La Maison. Le gustaba usar tonos neutros y, de vez en cuando, un rojo borgoña o un azul marino rompían la rutina, contrastando con la palidez de su piel.
Siempre llevaba un colgante de oro blanco con un pequeño diamante en el centro. Era una joya sencilla, pero en su cuello se convertía en un sello: el de una mujer que no necesitaba demostrar nada, porque su sola presencia lo decía todo.
Y los hombres… los hombres lo sabían. No había necesidad de palabras ni de miradas prolongadas. Bastaba verla cruzar una sala, ajustar su guante con lentitud o levantar una taza de café con ese gesto pulido que parecía aprendido en otra vida, para que algo en ellos se desordenara. Su sola figura alteraba el equilibrio, les removía algo que no sabían nombrar, pero que sentían latir en el pecho. No era solo atracción, aunque eso también, era un respeto silencioso, una fascinación que los desarmaba desde el primer segundo. Incluso en los más poderosos e influyentes, acostumbrados a imponer su presencia en cualquier salón, sentían que algo tambaleaba cuando ella los miraba, quizá porque parecía descubrir lo que intentaban esconder.
Cuando Madame Leblanc compró aquella mansión, no fue simplemente una transacción inmobiliaria más... fue un suceso; una conversación persistente entre murmullos y copas de vino. Todos sabían que el inmueble se ofrecía por una suma desorbitada, casi ofensiva, como si su pasado le añadiera un precio que pocos podían permitirse. Y, sin embargo, ella lo compró sin aspavientos, sin intermediarios conocidos y sin explicaciones.
—¿De dónde tendrá tanto dinero? —preguntaban algunos, mientras fingían indiferencia.
Pero la curiosidad crecía, no tanto por la cantidad pagada, sino por lo que esa compra insinuaba: poder, autonomía y secretos.
Aquella casa, que ya tenía su historia, había pertenecido, años atrás, a un político de alto rango; uno de esos que aparecían sonrientes en la televisión, rodeados de periodistas y que sabían exactamente qué decir y cuándo callar. Durante décadas fue anfitrión de cenas privadas, negociaciones discretas y reuniones en donde lo importante nunca se hablaba en voz alta.
Se decía, aunque nadie podía asegurarlo, que en esas paredes se habían pactado candidaturas, silencios, favores, y que allí se tejieron alianzas entre whisky y susurros. Luego, todo terminó de golpe. Un escándalo, una renuncia forzada, un exilio voluntario. Algunos decían que ese político ahora vivía en Madrid; otros, aseguraban haberlo visto encorvado y solo en un café de Lisboa.
La mansión quedó vacía, y nadie se atrevía a entrar, y quien lo hacía, salía rápido y asustado, como si la casa susurrara cosas desde los pasillos. Por eso, cuando Madame Leblanc la compró, muchos lo sintieron como un acto desafiante. Como si ella, con su andar lento y sus ojos de hielo, hubiese encontrado en aquella estructura vieja y cargada de historia, un espejo de sí misma.
Ambas eran silenciosas, inaccesibles, con grietas que nadie podía leer del todo. Ambas habían resistido el paso del tiempo y guardaban, en sus entrañas, secretos que no querían desenterrar.
Y entonces llegó ella, con esa manera suya de entrar al mundo sin pedir permiso. No cambió la fachada, no colocó carteles, no hizo fiesta de inauguración; solo mandó a levantar una reja más alta, cubrió las ventanas con cortinas gruesas y, lo más comentado de todo, construyó un sótano que causó mucha curiosidad.
Al principio fue solo ruido: máquinas excavadoras, hombres uniformados, tierra removida durante semanas. Pero lo que más inquietaba no era el sonido, sino el hecho de que nadie sabía qué se estaba construyendo. No había permisos visibles, ni planos compartidos en la junta vecinal; solo rumores.
—Dicen que es un búnker —murmuró una vecina, mientras se acomodaba su collar de perlas en una tarde de café—, que viene de Europa y está obsesionada con la seguridad.
—No, no… yo creo que está construyendo un estacionamiento privado —corrigió otra, bajando la voz como si temiera ser escuchada—, y seguro que lo hace porque quiere que nadie vea quién la visita.
Lo cierto era que, bajo la tierra, Madame Leblanc mandó a excavar un espacio que se convirtió en un garaje subterráneo; un elemento más que se sumaba a la leyenda de la casa.
Cada noche entraban autos elegantes conducidos por choferes impecables, y salían muchas horas después, siempre con las luces bajas, y siempre en silencio. Fue así, que las noches en aquella calle tenían un nuevo encanto que los vecinos no podían ignorar: el eco de motores de lujos que desaparecían tras las gruesas puertas del sótano, para volver a verlos luego de tres a cuatro horas.
—¿Y si es una casa de citas? —preguntó Liz en otra reunión de café, —, de esas que salen en las películas.
Ella estaba fascinada con el misterio y los chismes que le traía su amiga, siempre que se reunían, por eso daba vueltas por La Maison para ver si por casualidad se topaba con Madame Leblanc, pero nunca tuvo esa suerte.
—Lo mismo le dije a mi marido, pero Juanca dice que es imposible. Él cree que es un club privado para gente muy elegante.
—Claro, un club privado en donde están atendidos por muchachitas dispuestas a complacerlos —agregó Liz en tono sarcástico.
…Pero en ese vecindario, como en la vida misma, había secretos que era mejor no tocar.
Con el tiempo, la casa fue reconocida como La Maison. Nadie recordaba en qué momento el nombre empezó a usarse, ni quién fue el primero en pronunciarlo, pero todos lo decían con naturalidad, como si hubiera sido siempre parte de su esencia. Decir La Maison era nombrar un lugar y, al mismo tiempo, rendirse a su atmósfera.
Era un refugio de lujo y discreción. En su interior, cada habitación parecía diseñada no solo para impresionar, sino para envolver. Los espacios eran tan exquisitos como su dueña: silenciosos, elegantes y cuidadosamente pensados. Las antigüedades europeas llenaban los rincones con un aire de sofisticación que la hacía única. En el vestíbulo, un reloj de pie traído desde Francia, dominaba una esquina con su imponente figura de madera oscura e intrincados grabados en dorados. Su tic-tac pausado marcaba las horas con solemnidad, como si cada instante tuviera un peso especial dentro de esos muros.
Desde los techos colgaban candelabros de cristal tallado, que descomponían la luz en mil reflejos y, bajo los pies, alfombras orientales amortiguaban cada paso, como si el sonido estuviera prohibido. Al mismo tiempo, los detalles mexicanos aportaban calidez y profundidad: azulejos de Talavera decoraban con color las paredes de la cocina y el patio interior, mientras los jarrones de barro pintados a mano y bordados tradicionales convivían, sin competir, con los muebles europeos.
Todo hablaba de ella. De su historia, su elegancia; y de esa mezcla entre exilio y arraigo que la definía. Ahí, en La Maison, hombres poderosos de la ciudad no solo encontraban placer: encontraban permiso para rendirse. Era un escape a sus vidas vacías y matrimonios convertidos en acuerdos tácitos. Era el único lugar en donde podían bajar la guardia sin sentir que estaban perdiendo poder. Ahí, nadie les exigía ser lo que no eran, solo disfrutaban ser atendidos y escuchados.
Madame Leblanc cruzó el vestíbulo de La Maison como si flotara, con la gracia de quien no necesita anunciar su autoridad porque la llevaba en la piel. Sus tacones acariciaban el mármol sin ruido y, sus ojos, que todo lo sabían, recorrían a las jóvenes que trabajaban para ella. Eran suyas, no en el sentido posesivo, sino en el más profundo: el de la lealtad ganada con firmeza y cuidado.
Las observó con una mezcla de afecto y control. Era exigente, sí, pero también justa. Sabía exactamente cuándo endurecer el tono y cuándo brindar una mirada que calmara el alma. Para ellas, Madame Leblanc no era solo una jefa. Era un enigma, una figura materna, una presencia que imponía respeto y, al mismo tiempo, ofrecía una forma de protección que ninguna había conocido antes; para algunas, era todo lo que tenían.
Esa noche, un cliente especial estaba por llegar. Y Madame Leblanc, como siempre, estaba preparada. No solo para recibirlo con la elegancia meticulosa que la caracterizaba, sino para asegurarse de que cada alfombra estuviera alineada, cada copa de cristal reluciente; cada lámpara derramando la luz exacta sobre el silencio, porque en La Maison, los detalles no eran decoración: eran lenguaje, y ella, su más precisa intérprete. Sabía lo que quería entregar, un refugio en donde no se preguntaba, no se juzgaba; donde todo estaba permitido. Era un lugar en donde comenzaba una fantasía cuidadosamente construida, y ella era la fiel guardiana de ese universo tejido con secretos.
Pilar Portocarrero
"Soñar solo es el principio"






